Mostrando entradas con la etiqueta FAMILIA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta FAMILIA. Mostrar todas las entradas

EL PAN QUEMADO

by

Después de un largo y duro día en el trabajo, mi mamá puso un plato de salchichas y pan tostado muy quemado frente a mi papá.

Recuerdo estar esperando ver si alguien lo notaba? Sin embargo, aunque mi padre lo notó, alcanzó un pan tostado, sonrió a mi madre y me preguntó cómo me había ido en la escuela.


No recuerdo lo que le contesté, pero sí recuerdo verlo untándole mantequilla y mermelada al pan tostado y comérselo todo.

Cuando me levanté de la mesa esa noche, recuerdo haber oído a mi madre pedir disculpas a mi padre por los panes tostados muy quemados.

Nunca voy a olvidar lo que le dijo:
“Cariño no te preocupes, a veces me gustan los panes tostados bien quemados.”

Más tarde esa noche, fui a dar el beso de las buenas noches a mi padre y le pregunté si a él le gustaban los panes tostados bien quemados.

Él me abrazó y me dijo estas reflexiones:
“Tu mamá tuvo un día muy duro en el trabajo, está muy cansada y además? un pan tostado un poco quemado no le hace daño a nadie”?

La vida está llena de cosas imperfectas y gente imperfecta. Aprender a aceptar los defectos y decidir celebrar cada una de las diferencias de los demás, es una de las cosas más importantes para crear una relación sana y duradera.

Un pan tostado quemado no debe romper un corazón.

La comprensión y la tolerancia es la base de cualquier buena relación.


Sé más amable de lo que tú creas necesario, porque todas las personas, en éste momento, están librando algún tipo de batalla. Todos tenemos problemas y todos estamos aprendiendo a vivir y lo más probable es que no nos alcance la vida para aprender lo necesario.

“El camino a la felicidad no es recto. Existen curvas llamadas EQUIVOCACIONES, existen semáforos llamados AMIGOS, luces de precaución llamadas FAMILIA, y todo se logra si tienes: Una llanta de repuesto llamada DECISIÓN, un potente motor llamado AMOR, un buen seguro llamado FE, abundante combustible llamado PACIENCIA. 

Aprecio *Cariño *Ternura *Solidaridad *Comprensión *Consuelo

*Consideración *Compañerismo *Amistad

Los Lazos De Familia

by

Hace varios veranos, 48 parientes, nos reunimos para festejar las bodas de oro de mis padres. Reunirme así con tantos parientes me incitó a reflexionar acerca de la unión familiar, pero sobre todo, acerca de la gran diferencia que existe entre tener una familia y no tenerla.

Para muchos de nosotros, la familia es algo fuera de moda. Toleramos a nuestros padres en visitas esporádicas; no entendemos a nuestros hijos, y nos sentimos mejor y más seguros cuando estamos con nuestros amigos y con gente de nuestra misma edad.

Al fin y al cabo, nuestros parientes nos conocen demasiado bien… Del tío Avery aprendí a decir mi primera palabra (“¡No!”), y la tía Katherine me dio mi primera tunda (“Si no dejas de llorar inmediatamente te daré un buen motivo para que llores”). Mi padre tenía otras tres hermanas y un hermano, además del tío Avery y de la tía Katherine.

Todos ellos crecieron en una casa grande, de dos pisos, con cinco dormitorios, un pasamanos para deslizarse por él, un armario para guardar sábanas y mantelería para poder esconderse, un arcón lleno de muñecas de porcelana rotas, y un granero que fue destruido por un incendio cuando yo tenía diez años.

Siempre que íbamos a pasar allá las vacaciones veraniegas, todos los primos solíamos sentarnos alrededor de los tíos y tías, y les escuchábamos contar incidentes de cuando eran jóvenes.

Pero todos y cada uno de los miembros de la familia podían estar seguros de que jamás se hablaría mal de ellos.


Hacía más de 20 años que no había visto a estos tíos y tías; sin embargo, ese verano parecía no haber cambiado. La diminuta tía Martha, psicóloga de profesión, aún lucía elegante, con el pelo rizado y sus esplendorosas blusas de seda. Por su parte, Louisa, la benjamina de la familia, de 66 abriles, todavía conservaba, a pesar de su larga carrera como maestra de matemáticas en uno de los peores barrios, aquella dulce sonrisa de niña inocente que yo recordaba. Katherine, la mayor, acababa de jubilarse, después de haber dedicado 50 de sus 80 años de vida a la enseñanza, y a guiar grupos de turistas a Europa.

Los tíos tampoco habían cambiado; tan sólo habían bajado de peso, papá había reducido 14 kilos, hasta alcanzar el peso que tenía cuando se casó. El tío Avery, mi favorito y el preferido de todos, también había adelgazado, pero por una razón mucho más triste: había emprendido una lucha contra el cáncer en los huesos.

Los primos, por nuestra parte, no pensábamos en la eternidad. Estábamos demasiado ocupados haciéndonos lugar en un mundo muy distinto al de nuestros padres. Pero, al mismo tiempo, nos intrigaba averiguar cómo eran ellos en realidad. Todos conocíamos fragmentos de la historia… conversaciones y anécdotas escuchadas aquí y allá. Era como un rompecabezas que intentábamos armar.

Comentamos con entusiasmo ser descendientes de una abuela que tuvo siete hijos, enterró a dos y logró imbuir en los demás el ansia de adquirir conocimientos —todo ello en una época en la que el control de la natalidad no era una opción —, y de un abuelo irascible que vivió hasta los 94 inviernos.

Los hermanos y hermanas tomaron fotografías de todo y de todos, en interminables grupos: de la familia que proveníamos y de la que habíamos formado.

Insistían en que podían identificar perfectamente a cada uno de nosotros, por el parecido físico. Todos nos parecíamos a ellos, a nuestros padres o a nuestros abuelos. Esto era una prueba, dijeron, de que en realidad nada se había perdido; tan sólo había ido pasando de una a otra generación.

La celebración de las bodas de oro culminó con un banquete presidido por los hermanos y hermanas en la mesa principal, durante el cual todos comimos doble ración.

Nosotros, los primos, lo observábamos todo. Estábamos aprendiendo el mensaje de la familia; sabíamos que muy pronto nos tocaría estar ahí, y que los que ahora presidían la mesa también habían tenido alguna vez diez años y se habían divertido clavando navajas en la tierra; que cada uno de los que en este momento tomábamos dulcemente la mano de nuestra novia debajo de la mesa, algún día estaríamos solos.

Aprendimos también, quizá, que en el intento de llegar a ser lo que nuestros padres no eran, habíamos perdido algo de lo que sí eran.

Nos imaginé a mis tres hermanas y a mí en una reunión familiar futura.

Sería igual a ésta. Existiría lo mismo entre nosotros: el amor y las viejas rencillas, la empatía y las uniones malogradas, y nos contaríamos unos a otros todas aquellas viejas historias acerca de lo que solíamos hacer.


Al final, cuando Charles y Evelyn, los festejados, partieron el enorme pastel de bodas blanco y amarillo, y todos nos pusimos de pie para brindar a su salud con nuestros vasos de té helado, no pudimos evitar que las lágrimas asomaran a nuestros ojos, y lloramos de alegría por su unión, y por la nuestra. 

LAS CONFESIONES DE UNA MADRE

by

Qué dolor tan lacerante el que siente el corazón de una madre, ante el desprecio de sus hijos, reflexionaba aquella tarde, culpar a quien no sabría, de los pesares que la atormentaban, que importa de quien es la culpa? si ni siquiera ellos cuenta se daban!

¿Qué será lo que les he hecho? se preguntaba aquella pobre mujer, siempre con ellos estuve, los protegí, les di mi amor y así los vi crecer.

Qué tristeza tan grande sentía, por su indiferencia tan manifiesta, ¿Que haré, se preguntaba, cómo aliviaré este dolor?

Tal vez cometí muchos errores, pero nunca les faltó amor, qué vida tan difícil, la que le tocó vivir, a aquella pobre madre que nació para sufrir, con toda su inocencia y tropiezos de la vida, siempre estuvo con ellos hasta el fin de sus días.


El único delito, pensaba ella y eso la inquietaba, fue ser pobre y no poderles dar lo que ellos anhelaban, humildemente solo lo necesario, porque con su presencia lo demás complementaba.

Eso pensaba ella sin imaginar, que más tarde lo lamentaba, tristemente no fue suficiente, decía que era lo que observaba, resentimientos e insatisfacciones, en cualquier oportunidad se lo manifestaban.

Así pasaron los años y a Florence sola dejaban, aquellos hijos ingratos que todo le reprochaban, para colmo de la pobre, su marido bajo tierra descansaba, cada día que pasaba, más sus hijos se alejaban, dejándola sumida en su tristeza, que poco a poco la mataba, fue en una tarde de otoño cuando, la divinidad de ella se apiadó, llevándosela dulcemente a su última morada, dejando tras de sí una nota bien sellada, para que se la dieran a sus hijos, los únicos seres que amaba.

Donde les hablaba de su dolor, que por muchos años guardó, y que por ingratos e indiferentes, ninguno cuenta se dio,  de la tristeza de aquella madre, que solo para ellos vivió.

Encargada quedo de ello su comadre Gumersinda, la confidente de aquella madre, que sufrió hasta el último instante.

La indiferencia de sus hijos, que se dieron cuenta cuando demasiado tarde.


Al leer aquella carta que les había dejado su madre,  qué arrepentimiento tan grande sintieron, leyendo aquellas palabras, escritas con gran coraje, y manchadas de algunas lágrimas, que derramó su triste madre. Donde habló el corazón herido, como lo haría cualquier madre, que posiblemente pase por situaciones similares,  sin importar los motivos, madre siempre es madre.

Nunca vieron tan claramente todo lo que los quiso, fue necesario que estuviera muerta para darse cuenta lo que habían hecho, no valorar a aquel ser que siempre estuvo con ellos, finalizaba aquella carta, adiós mis hijos queridos perdón les pido por no haber sido la madre que ustedes hubiesen querido.

Un consejo les doy a todos los hijos de hoy, no dejen a su madre nunca sumidas en el olvido.

Confesiones de una madre, historia inspirada en la vida real de Florence, así se llamaba aquella mujer.

Fuente: tubreveespacio.com


Aprecio *Cariño *Ternura *Solidaridad *Comprensión *Consuelo *Consideración *Compañerismo *Amistad

Lazos De Familia

by

Hace varios veranos, 48 parientes, nos reunimos para festejar las bodas de oro de mis padres. Reunirme así con tantos parientes me incitó a reflexionar acerca de la unión familiar, pero sobre todo, acerca de la gran diferencia que existe entre tener una familia y no tenerla.

Para muchos de nosotros, la familia es algo fuera de moda. Toleramos a nuestros padres en visitas esporádicas; no entendemos a nuestros hijos, y nos sentimos mejor y más seguros cuando estamos con nuestros amigos y con gente de nuestra misma edad.
Al fin y al cabo, nuestros parientes nos conocen demasiado bien… Del tío Avery aprendí a decir mi primera palabra (“¡No!”), y la tía Katherine me dio mi primera tunda (“Si no dejas de llorar inmediatamente te daré un buen motivo para que llores”). Mi padre tenía otras tres hermanas y un hermano, además del tío Avery y de la tía Katherine.


Todos ellos crecieron en una casa grande, de dos pisos, con cinco dormitorios, un pasamanos para deslizarse por él, un armario para guardar sábanas y mantelería para poder esconderse, un a rcón lleno de muñecas de porcelana rotas, y un granero que fue destruido por un incendio cuando yo tenía diez años.
Siempre que íbamos a pasar allá las vacaciones veraniegas, todos los primos solíamos sentarnos alrededor de los tíos y tías, y les escuchábamos contar incidentes de cuando eran jóvenes.

Pero todos y cada uno de los miembros de la familia podían estar seguros de que jamás se hablaría mal de ellos.

Hacía más de 20 años que no había visto a estos tíos y tías; sin embargo, ese verano parecían no haber cambiado. La diminuta tía Martha, psicóloga de profesión, aún lucía elegante, con el pelo rizado y sus esplendorosas blusas de seda. Por su parte, Louisa, la benjamina de la familia, de 66 abriles, todavía conservaba, a pesar de su larga carrera como maestra de matemáticas en uno de los peores barrios, aquella dulce sonrisa de niña inocente que yo recordaba. Katherine, la mayor, acababa de jubilarse, después de haber dedicado 50 de sus 80 años de vida a la enseñanza, y a guiar grupos de turistas a Europa.

Los tíos tampoco habían cambiado; tan sólo habían bajado de peso, papá había reducido 14 kilos, hasta alcanzar el peso que tenía cuando se casó. El tío Avery, mi favorito y el preferido de todos, también había adelgazado, pero por una razón mucho más triste: había emprendido una lucha contra el cáncer en los huesos.


Los primos, por nuestra parte, no pensábamos en la eternidad. Estábamos demasiado ocupados haciéndonos lugar en un mundo muy distinto al de nuestros padres. Pero, al mismo tiempo, nos intrigaba averiguar cómo eran ellos en realidad. Todos conocíamos fragmentos de la historia… conversaciones y anécdotas escuchadas aquí y allá. Era como un rompecabezas que intentábamos armar.
Comentamos con entusiasmo ser descendientes de una abuela que tuvo siete hijos, enterró a dos y logró imbuir en los demás el ansia de adquirir conocimientos todo ello en una época en la que el control de la natalidad no era una opción, y de un abuelo irascible que vivió hasta los 94 inviernos.

Los hermanos y hermanas tomaron fotografías de todo y de todos, en interminables grupos: de la familia que proveníamos y de la que habíamos formado.

Insistían en que podían identificar perfectamente a cada uno de nosotros, por el parecido físico. Todos nos parecíamos a ellos, a nuestros padres o a nuestros abuelos. Esto era una prueba, dijeron, de que en realidad nada se había perdido; tan sólo había ido pasando de una a otra generación.

La celebración de las bodas de oro culminó con un banquete presidido por los hermanos y hermanas en la mesa principal, durante el cual todos comimos doble ración.

Nosotros, los primos, lo observábamos todo.

Estábamos aprendiendo el mensaje de la familia; sabíamos que muy pronto nos tocaría estar ahí, y que los que ahora presidían la mesa también habían tenido alguna vez diez años y se habían divertido clavando navajas en la tierra; que cada uno de los que en este momento tomábamos dulcemente la mano de nuestra novia debajo de la mesa, algún día estaríamos solos.

Aprendimos también, quizá, que en el intento de llegar a ser lo que nuestros padres no eran, habíamos perdido algo de lo que sí eran.

Nos imaginé a mis tres hermanas y a mí en una reunión familiar futura.

Sería igual a ésta. Existiría lo mismo entre nosotros: el amor y las viejas rencillas, la empatía y las uniones malogradas, y nos contaríamos unos a otros todas aquellas viejas historias acerca de lo que solíamos hacer.

Al final, cuando Charles y Evelyn, los festejados, partieron el enorme pastel de bodas blanco y amarillo, y todos nos pusimos de pie para brindar a su salud con nuestros vasos de té helado, no pudimos evitar que las lágrimas asomaran a nuestros ojos, y lloramos de alegría por su unión, y por la nuestra.

Shelb y Hearon